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01 – Diario de Investigación

Al comenzar este semestre de Investigación Artística, debo admitir que llegué con cierta incertidumbre. Como estudiantes de arte, a menudo nos movemos en el terreno de la intuición, de lo que no se dice, de la mancha y el gesto. La palabra «investigación» me sonaba, sinceramente, a algo lejano a mi proceso habitual; a una disciplina científica donde se busca una objetividad fría que poco tiene que ver con la experiencia visceral de crear.
Mi mayor temor antes de enfrentarme a las lecturas teóricas era la racionalización excesiva. Me preguntaba: si empiezo a analizar sistemáticamente mis procesos, ¿perderá mi obra su capacidad de emocionar? ¿Me convertiré en un teórico que ilustra ideas en lugar de un artista que crea mundos? Existía en mí esa tensión, casi un prejuicio, de que la investigación académica nos obligaría a justificar nuestras propuestas bajo metodologías científicas que no nos pertenecen, como si el arte necesitara «pedir permiso» a la ciencia para ser considerado conocimiento serio.
Yo venía con la idea de que la creación era un acto subjetivo, ligado a mis vivencias y mi psique, y que eso era incompatible con el rol de investigador tal como lo entendía. Sin embargo, el primer reto nos lanzó de lleno al texto de Gerard Vilar, «¿Dónde está el arte en la investigación artística?». Y fue ahí donde mis esquemas empezaron a tambalearse. No porque mis dudas desaparecieran, sino porque descubrí que el propio debate sobre estas dudas es parte de la investigación.

Cuando la intuición se vuelve Razón

Enfrentarme al texto de Vilar no disipó mis dudas inmediatamente; de hecho, las transformó en algo más complejo. La lectura me lanzó una idea provocadora: la práctica artística no es solo expresiva, es cognitiva.
Aquí surgió mi mayor interrogante del Reto 1: ¿Cómo puede mi proceso creativo, a menudo caótico y subjetivo, reclamar el estatus de «conocimiento»?
Vilar (y el marco teórico que estamos construyendo) argumenta que, aunque el arte no sigue metodologías unívocas como las ciencias exactas, lo que ocurre en el taller es «decididamente cognitivo y racional». Esto fue un giro para mí. Siempre entendí al artista como un creador, pero la lectura me obligó a verme también como un investigador cuya subjetividad y vivencias no son ruido, sino la base misma de la indagación.
La dificultad —y aquí radica la tensión que sentí al leer— está en que el saber artístico opera con contenidos «no conceptuales y no discursivos». Mi duda persistente durante estas semanas fue metodológica: ¿Cómo valido académicamente algo que, por naturaleza, se resiste a ser explicado con palabras? Entendí que el desafío de la investigación artística no es explicar el arte para «matarlo», sino encontrar la manera de que esa inteligibilidad muda de la obra se haga comunicable sin traicionar su naturaleza estética.
Al final, leer a Vilar no me dio una fórmula matemática para hacer arte, pero me dio algo más valioso: legitimidad. Comprendí que la tensión que siento entre la teoría y la práctica no es un problema para resolver, sino el motor de la investigación artística.
He llegado a la conclusión de que este Diario de Proceso no es una simple bitácora anecdótica. Es mi herramienta metodológica principal. Es el lugar donde intento ese desafío que Vilar señala: articular y comunicar lo que es, por naturaleza, no discursivo. Escribir aquí me obliga a reflexionar críticamente sobre mis hábitos, mis fracasos y mis hallazgos en el taller.
Ya no busco la «objetividad» de la ciencia tradicional. Acepto que, como artista-investigador, mi subjetividad, mis vivencias y mi propia psique son inseparables de lo que creo. Mi investigación no es sobre el arte, mirándolo desde lejos; es una investigación en arte, desde las entrañas de la materia.
Con esta nueva perspectiva, cierro la etapa de lectura teórica no con respuestas cerradas, sino con una pregunta mejor formulada para mi trabajo práctico: Si mi proceso es una forma de pensamiento, ¿qué me está diciendo la materia que tengo entre las manos? Es aquí donde las ideas de Paul Klee sobre la naturaleza, que abordaré en mi próxima entrada, se convirtieron en mi brújula para el Reto 1.

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